El mar, en su infinita majestuosidad, se llevó consigo lo eterno y envolvió en
su danza los contornos de las arenas. Voces fugaces de otro tiempo emergen, como
susurros del pasado, en las piedras de atardeceres que se desvanecen, adornados
con el relieve salino. La sed de libertad, esa fuerza primordial que nos impulsa
a buscar horizontes de autodeterminación, se convierte en el grito mudo de
quienes contemplan los nuevos muros y torres de Gobierno erigirse. La provincia,
bajo el peso de una "avanzada espantosa" citada de las palabras grabadas en El
muro Oficial , refleja una realidad donde los edificios imponentes de mercaderes
extranjeros y las casas lujosas se alzan como monumentos a la indiferencia.
Desde sus ventanas, el ir y venir de las plebeyas se observa con una mezcla de
curiosidad e indiferencia; su sacrificio y desgaste no compensados por el
dinero, y menos aún cuando los impuestos se incrementan implacablemente. Los
verdaderos beneficiarios de este sistema, engordando como cerdos a costa del
pueblo, son desenmascarados como los ladrones autorizados para perpetrar
cualquier atropello. Oficiales traídos por La Corona, pregonando falsamente un
progreso que no trasciende más allá de la opresión y la explotación, ignoran las
necesidades fundamentales de la población, tales como sembrar una simple planta
de yuca. "Que esperen los carros celestiales un poco más", se les dice con
desdén a aquellos que osan quejarse, solo para caer en manos de forajidos que
imparten palizas con una brutalidad ahora legendaria. En este escenario de
tensión, entre miradas ansiosas y una "paz ficticia" que pende de un hilo, se
tejen especulaciones sobre los carros celestiales prometidos. Narrativas
sagradas se desgranan como migajas de esperanza entre la gente, pero la vigilia
es constante. Las torres del poder sirven de troneras para los oficiales que
escrutan hasta el más mínimo movimiento, sembrando la duda sobre la lealtad de
cualquier ciudadano. En este clima de sospecha y miedo, emerge la pregunta sobre
la llegada de los carros celestiales, que se convierte en un símbolo de la
esperanza siempre postergada, un mañana que nunca se materializa. La respuesta a
esta inquietud central se torna escurridiza, encapsulada en sonrisas falaces y
promesas vacías. La captura de aquellos que se atreven a preguntar marca un
nuevo capítulo de represión, ilustrando la maquinaria opresiva del gobierno que,
con sermones y ayunos, intenta reprogramar a los ciudadanos hacia una "Santa
Paz" forzada. Esta narrativa detalla no solo la dinámica de poder y control,
sino también la resistencia indomable del espíritu humano, que, a pesar de las
adversidades, continúa anhelando la libertad y la verdad.
Erangel y la Luz de las Tinieblas
No crean que esto es cuento, ni novela barata de esas que venden en la esquina. Esto es lo que vi, lo que viví, lo que me comí con el lápiz en la mano y el hambre clavado en las tripas. Soy Erangel, un tipo común, pero con un poder que ni yo entiendo, escondido detrás de un lápiz, ese mismo que usé para matar a El Hambre, el jefe de esa banda de maleantes que traficaban con oro falso en las plazas. Oro de mierda, bronze barato, que ellos usaban para cortejar a Juana, la falsa divinidad que con su aliento de dragón les daba muerte honorable, la muerte que ellos buscaban para escapar del hambre. Pero yo no creo en cuentos, ni en dragones, ni en dioses de mentira. Aguanto el hambre, trafico con luz solar en los barrios, en las esquinas, en containers podridos, con mulas que llevan la carga y el dinero lavado, y con un plan que armé paso a paso, como en esos cuentos de Poe, para ganarles a la falsa justicia y desenmascarar a Juana, la reina de las tinieblas. La Luz que No Se Ve Dicen qu...

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