La maleta
La maleta crujía sobre la tierra roja de la Gran Sabana como un corazón viejo que se niega a parar, y de ella salió la mujer esa, la Gocha sin nombre, con los ojos llenos de un fulgor que no era de este mundo ni del otro, sino de los dos revueltos en la bronca cósmica de los tepuyes . Los tepuyes se alzaban duros, como puños cerrados de la tierra contra el cielo pardo, y ahí nomás, un mediodía sin sol que olía a hierro mojado, la maleta se abrió de un gemido, ¡coño!, reventada desde adentro como si la Gran Sabana misma la hubiera parido en un arranque de fiebre. Ella se incorporó con las piernas temblando sobre el musgo negro, la piel curtida por soles que no eran los del Churún ni del Auyantepui, y miró alrededor con esa mirada de los que han visto cómo se parte el universo de un hachazo; los pemones del caserío la vieron primero, los niños con la boca abierta como si fuera un curare que camina, y los viejos mascullando que esa maleta traía el eco de las estrellas rotas, las mi...