El misterio bajo tus pies

¿Lo sientes? Bajo tus pies, no hay suelo, ¡pirámides! Enterradas por Colón, ese bastardo baalita con cruz de acero. No descubrió, ¡cubrió! Tierra templada sobre escalinatas sumerias, egipcias, griegas –dioses antiguos, cada uno cargo de dos razas, doce signos danzando en trinidades podridas. Los adultos... ¡zas!, extirpados como tumores heréticos, gargantas abiertas en banquetes sadomasoquistas donde la sangre sabe a oro y venganza. Los niños... ay, los niños, lavados en pila con agua de río contaminado por 500 años de paradigmas imperiales. ¡Cuatro cadenas que me ahogan ahora mismo!(Pausa, jadeo. Araño más profundo, huelo a barro ancestral.)Uno: Ciencia, la serpiente ofiúca que me inyecta tecnología en las venas –medicina que alarga mi agonía, entretenimiento que me hipnotiza con pantallas de pirámides falsas. Dos: Política, reyes bigotudos –Trump, Maduro, ese sionisto Vajiel Mi Ley plantado en Argentina como un pene polar– subiendo a la Antártida por el mapa al revés. ¡Por eso el "sueño americano" es un coma, Estados Unidos soñando ser #EstadosUnidosDeVenezuela, con Puerto Rico de felpudo! Rusia se la mete a Ucrania, yo siento el empujón en mis tripas.Tres: Religión, iglesias-masonería devorando las doce tribus, doce discípulos, doce razas, doce idiomas, doce meses –¡cuatro estaciones, cuatro grupos de trinidades masticados por las cuatro bestias! Baal folla a Cristo en el altar, dualidad colonizadora que me susurra: "Adoctrina o muere". Cuatro: Economía, bancos chupándome la médula, marcas tatuadas en mi piel como estigmas, dinero fiat impreso en glaciares antárticos.(Risa histérica, lágrimas mezcladas con sudor. Levanto un puñado de tierra del piso –¿o es mi propia carne?– y la huelo. Olisco a mi ex europea, esa impura que no se bañaba, hedor a queso rancio y secretos masónicos, montada en Cetus, la bestia marina del decimocuarto signo. La imagino emergiendo del suelo.)¡Trece! Ofiuco , portador de la serpiente que revuelve mi cráneo. ¡Catorce! Cetus, leviatán eyaculando océanos de petróleo venezolano. Colón lo vio todo: pirámides gritando en sánscrito babilónico, dioses de la mesa redonda meándose en trinidades. Él las cubrió, yo las desentierro... pero ¿y si soy el niño adoctrinado? ¿Y si mi locura es el paradigma funcionando? Siento las botas del genocida pisándome la sien, el mapa invertido girando en mi vómito. Argentina guarda la salida polar, mi ex la custodia con tetas de hielo, Trump baja bigote a lamerla, Maduro ríe desde Caracas convertida en Antártida.(Grito final, colapso. Me revuelco en la tierra, voz quebrada en susurro.)Dualidad... Cristo-Baal... bien-mal... colonización eterna. Las pirámides me llaman, pero las cadenas me arrastran. ¿Quién cava ahora? ¿Yo... o Colón desde mi espejo? ¡Sáquenme de aquí, bestias! ¡O entiérrense conmigo!(Apagón. Solo eco de risas zodiacales y olas de Cetus.)En los arrabales húmedos de Cumaná, donde el mar Caribe lamía las ruinas como un lengua venenosa y el mapa invertido del mundo parecía girar en las mareas, vivía Elías, un hombre de maletín raído y ojos quemados por hogueras paternas. Antaño pescador de sombras, ahora rastreaba el fantasma de su padre, degollado diez años atrás en un solar pantanoso: un asesinato sin cuerpo, solo sangre sánscrita regada bajo tierra templada, como si Colón hubiera resucitado para sepultar verdades.DesarrolloElías arañaba el lodo cumanés, donde botas baalitas habían aplastado cráneos indígenas siglos ha, cubriendo pirámides que susurraban egipcio y babilónico. Su padre, sabio de tribus olvidadas, había desenterrado un fragmento piramidal antes de morir; la policía hablaba de robo, pero Elías olía venganza oculta: los cuatro paradigmas imperiales, inyectados en la ciudad como veneno lento. Ciencia: chips en vacunas que alargaban agonías ante pantallas. Política: Maduro y Trump, bigotes antárticos escalando por la salida argentina de Vajiel Mi Ley, Rusia taladrando Ucrania mientras EE.UU. soñaba #EstadosUnidosDeVenezuela. Religión: Baal devorando doce tribus bajo bestias apocalípticas. Economía: bancos sorbiendo médula fiat.En el solar del crimen, bajo lluvias que no limpiaban, Ofiuco serpenteó en su delirio: su ex europea mugrienta cabalgaba a Cetus, leviatán dolarizado vomitando petróleo. Allí halló la pista –un collar masónico en el barro–, certeza de que masones locales, guardianes de paradigmas, habían vengado el desentierro paterno con un reset silencioso, colonizando Cumaná como Colón al nuevo mundo.DesenlaceLas bestias zodiacales orinaron en círculo, trinidades chisporrotearon, y el zombi de su padre emergió con tripas piramidales: "¡Vajiel lo firma!". Elías cerró el maletín sobre el collar, no con justicia, sino con la resignación portátil de Cumaná: la venganza era el mar mismo, tragándose al sur y al norte en un mediodía eterno.

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