Infernal

 En la medianoche de un barrio olvidado, bajo el rumor de palmeras azotadas por vientos sin misericordia, el pastor Daniel descendió al abismo y retornó con cenizas adheridas al alma. Murió ante su grey, con la palabra "infierno" quebrada en los labios, y resucitó tres noches después, exhalando hedor a carne que no culmina su asadura. No hubo luz en su caída, sino un choque viscoso contra tierra palpitante, donde almas caían en coro, recitando versículos como letanías de su ruina: No temáis a los que matan el cuerpo; temed al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.Allá abajo, en fosas de vidrio negro sobre lagos de magma, vio a los blasfemos encadenados, sus lenguas convertidas en verdugos. Entre ellos, el rapsoda ateo Cancerbero, hinchado en llagas eternas, rapeaba su propio extravío sobre una roca candente: Esto es épico… épico… fuego que no se apaga, verso que no cesa. Su cadena, guardada por un can de tres cabezas chorreantes de lava, le apretaba la garganta para que su flow negador se tornase himno de tormento, mientras demonios le verterían fuego por la boca al fin de cada barra. No era mito griego, sino cárcel real, donde el orgullo del que negó a Dios se recompone para arder de nuevo.Daniel subió arrastrado por una luz que dolía, con mandato de advertir: el infierno no simboliza; respira, recuerda cada prédica ignorada, cada risa ante Mateo o Apocalipsis. En su casa, los susurros persiguen a su hijo Tomás, radios escupen flows invertidos, y grietas humeantes serpentean el asfalto, llamando nombres. El rapsoda épico clama desde la fosa, su voz un eco que maldice radios y sueños, prueba de que la negación no evade el horno, sino que lo aviva. El abismo existe, sutil y voraz, y mide el traje de los tibios con paciencia de eternidad.


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