La maleta

 La maleta crujía sobre la tierra roja de la Gran Sabana como un corazón viejo que se niega a parar, y de ella salió la mujer esa, la Gocha sin nombre, con los ojos llenos de un fulgor que no era de este mundo ni del otro, sino de los dos revueltos en la bronca cósmica de los tepuyes. Los tepuyes se alzaban duros, como puños cerrados de la tierra contra el cielo pardo, y ahí nomás, un mediodía sin sol que olía a hierro mojado, la maleta se abrió de un gemido, ¡coño!, reventada desde adentro como si la Gran Sabana misma la hubiera parido en un arranque de fiebre. Ella se incorporó con las piernas temblando sobre el musgo negro, la piel curtida por soles que no eran los del Churún ni del Auyantepui, y miró alrededor con esa mirada de los que han visto cómo se parte el universo de un hachazo; los pemones del caserío la vieron primero, los niños con la boca abierta como si fuera un curare que camina, y los viejos mascullando que esa maleta traía el eco de las estrellas rotas, las mismas que cayeron en los tiempos de los dioses traidores. Todo arrancó en la tiniebla esa, más negra que el petróleo crudo de El Furrial, donde no había ni arriba ni abajo, solo un útero gordo y ciego que se retorcía solo; de pronto, ¡zas!, la mitosis esa primordial, como un alarido de partera en los llanos infinitos, y se rajó la unidad en dos, luz y sombra peleando a machetazos desde el primer instante, de la herida brotaron galaxias como coágulos de sangre tepuyana, planetas como lágrimas que se endurecen al caer, y universos enteros manando como río Orinoco en crecida, revueltos con el dolor de la madre cósmica que grita y no para. Ella lo contaba junto al fogón, con la voz ronca de quien ha cargado esa maleta por eones, y los oyentes sentían en el pecho cómo la dualidad esa era el primer pecado, el que nos dejó a todos huérfanos bajo los tepuyes mudos. Vinieron del Planeta Negro, ese tumor latiendo malicia en los confines, y se refugian en la Ciudad Cristal que brillaba como cuarzo vivo en Alfa Centauri; los Anunnakis, altos y oliendo a metal chamuscado, con Anu mandando sequías desde su trono de soberbia, Enki serpenteando promesas de agua profunda en los ríos secos, y Enlil soplando vientos que barren los llanos; Marduk, el muy hijueputa, escondió los cristales maestros y el Libro de los Cincuenta Nombres que era nuestra brújula en la tormenta, Thot, con su pluma traidora, levantó círculos de piedra como Stonehenge o Tiahuanaco, relojes parados que invierten el tiempo y nos dejan girando en la misma rueda rota. Ella escapó en la maleta, cargando los recuerdos que pesan más que el hierro de El Callao, cruzando fronteras sin pasaporte, hasta caer en la Gran Sabana que la recibió como a una hija pródiga y maldita; ahora vaga por los cañones del Roraima, maleta en mano, deteniéndose donde las cascadas rugen como memorias que no callan, los turistas la apuntan con celulares como si fuera un mono del Auyantepui, pero los viejos del caserío saben que en esa maleta no hay fotos, sino el parto que no acaba, el grito de la tierra roja tragándose su propia sangre. "¿Por qué no te vas, Gocha?", le grité una tarde cuando el sol quemaba como castigo de los tepuyes. "Porque esta tierra me recuerda", dijo con voz de viento cortando la cumbre, y la maleta tembló a sus pies, abriéndose apenas para soltar un fulgor dorado que olía a estrellas quebradas y a Venezuela herida en lo más hondo.


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