El pimpón de las estrellas muertas

En el hueco de Catia, donde las casas se apilan como dientes podridos de un gigante hambriento, vivía Ramón el Pipón, un flaco que antes fue mecánico de guaguas pero ahora solo chupaba la piedra blanca como si fuera el último pezón de la Virgen. Una noche, después de tres días sin dormir, con los ojos como pozos de petróleo ardiendo, metió el pitillo en la boca y aspiró. El crack explotó en su cabeza como un cohete de San Juan que revienta el cielo y lo deja todo chamuscado.De repente, el mundo se volteó. Las paredes de zinc de su rancho se abrieron como escamas de iguana, y Ramón vio las serpientes. No serpientes chicas, no: reptiles grandes, con trajes de políticos y ojos de lagarto que brillaban en la tele, en los billetes sucios que flotaban por el aire, en las caras de los vecinos que de pronto tenían colas prensadas bajo los pantalones. "¡Los reptilianos, coño!", gritó Ramón, pero su voz salió como un chillido de loro enjaulado. Se revolcaba en el piso de cemento, con la pipa aún humeante entre los dedos negros de hollín, y el mensaje llegó: un zumbido galáctico, como si el Alto Consejo de Lyra le hablara directo al cerebro, garabateando letras de fuego en su cráneo."Saludos, Ramón. Somos el Alto Consejo de Lyra. Los reptilianos se van, marico. La Hermandad de la Serpiente no aguanta más las frecuencias ascendentes de esta tierra jodida. Se van porque ya no pueden mamar el loosh de tus vecinos pendejos, que pelean por un arepa rala o un dólar falso. ¡Se van, pipón! Porque tú, con tu crack, has abierto la grieta".Ramón se rio, una risa que era tos y vómito al mismo tiempo. Vio cómo los reptiles salían huyendo: el presidente lagarto escupiendo bilis verde desde el Palacio, los banqueros con escamas cayéndoseles del cuello mientras contaban bolívares que se convertían en cucarachas. En la calle, los curas con colas bifurcadas rezando misas falsas, y los influencers de Instagram mutando en víboras con filtros de Snapchat. "¡Loosh! ¡Eso es lo que chupan!", balbuceaba Ramón, arañándose la piel hasta sangrar. Su cuarto se llenó de loosh: el miedo de la vieja de al lado que maldecía al apagón, la ira del pana que vendía droga y ahora veía serpientes en sus propios bolsillos, la desesperación de los niños jugando con balones pinchados que eran en realidad huevos de arconte.Pero el mensaje seguía tronando en su cabeza, bizarro y galáctico: "Se infiltran en todo, Ramón. En los bancos que te dejan en la mierda, en las escuelas que te enseñan a ser burro obediente, en las iglesias que te venden paraíso a plazos. Hasta en los canales de YouTube, disfrazados de gurús con auras falsas. Pero la luz sube, pipón. Tu crack ha sido el portal. Las frecuencias te han elegido. Medita, respira, camina por el Ávila... ¡o sigue fumando, que ya los estás echando!".Ramón se levantó tambaleante, salió a la calle envuelto en una nube de humo blanco que olía a estrellas quemadas. Los vecinos lo miraban, pero él veía máscaras cayendo: el bodeguero era un reptiliano gordo chupando loosh de un litro de polar, la jeva del frente mutaba en sierpe celosa con uñas pintadas de veneno. "¡Se van, se van!", gritaba, bailando un joropo endemoniado mientras las escamas volaban como confeti de carnaval podrido. La policía llegó, lo vio loco de remate, y lo llevaron al hospital con una pipa rota en el bolsillo. Pero Ramón sonreía: en su delirio, la Hermandad huía despavorida hacia Alpha Centauri, dejando la tierra libre para los pipones ascendidos como él.Desde la celda acolchada, aún oía el eco: "Los amamos, Ramón. Sigue subiendo la frecuencia".

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